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El comercio justo se asoma al capitalismo


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19 de agosto del 2009,
Hay quien coloca su origen en iniciativas católicas de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Y también quien lo retrasa a los sesenta y setenta o, tal y como se conoce hoy el comercio justo, hasta los ochenta. Sea como sea, mucho ha cambiado desde entonces esta iniciativa que intenta que los pequeños productores de los países pobres alcancen unas condiciones de trabajo dignas y posibilidades de desarrollo colocando en el mercado sus artículos a un precio justo. Aunque sólo sea por su crecimiento exponencial.

Sus ventas en todo el mundo se han multiplicado por más de tres de 2004 a 2008, desde los 832 millones de euros hasta los 2.900, según las cifras de productos certificados por la Organización del Sello de Comercio Justo (FLO, en sus siglas en inglés). Unas cifras que pueden quedarse cortas, ya que es la principal organización del mundo, pero no la única. En cualquier caso, vinculados al sello FLO hay 1,5 millones de trabajadores en los países del Sur, con lo que se calcula que han mejorado las condiciones de vida de 7,5 millones de personas.

Venden sobre todo café, cacao, té, azúcar, fruta o algodón; en los últimos años, la artesanía se ha estancado. Unas ventas que necesitan de la complicidad de compradores concienciados de países ricos, ya que, como explicaría Perogrullo, estos productos son más caros que los injustos. Más de dos tercios de sus consumidores están en Europa.

Sus ventas en todo el mundo se han multiplicado por más de tres de 2004 a 2008, desde los 832 millones de euros hasta los 2.900, según las cifras de productos certificados por la Organización del Sello de Comercio Justo (FLO, en sus siglas en inglés). Unas cifras que pueden quedarse cortas, ya que es la principal organización del mundo, pero no la única. En cualquier caso, vinculados al sello FLO hay 1,5 millones de trabajadores en los países del Sur, con lo que se calcula que han mejorado las condiciones de vida de 7,5 millones de personas.

Venden sobre todo café, cacao, té, azúcar, fruta o algodón; en los últimos años, la artesanía se ha estancado. Unas ventas que necesitan de la complicidad de compradores concienciados de países ricos, ya que, como explicaría Perogrullo, estos productos son más caros que los injustos. Más de dos tercios de sus consumidores están en Europa.

En España, aunque con crecimientos significativos (ha aumentado un 50% entre 2004 y 2007, hasta los 17,2 millones de euros, según el anuario de comercio justo de la ONG Setem), las cifras son aún modestas si se comparan con otros países como Reino Unido (880 millones), EE UU (757) o Francia (255). En el actual contexto de crisis económica, Rafael Sanchís, de Intermón Oxfam, se da con un canto en los dientes por mantener las ventas, pero admite que en España aún se desconoce qué es el comercio justo (un 28% de la población lo sabe, frente a un 90% en Reino Unido).

Sin embargo, el debate está muy presente. Nadie cuestiona los principios básicos: al precio razonable súmesele el respeto al medio ambiente, el apoyo preferente a comunidades marginadas, la mejora de las condiciones laborales y sociales, en definitiva, que el comercio internacional sea un poco más justo y que los que peor están vivan algo mejor. Pero el informe de Setem de 2008 divide a las importadoras españolas en dos categorías.

La primera, a la que responde la mayoría, es la que mira el comercio justo de una manera "conciliadora con el modelo económico en el que vivimos", los que quiere vender cuanto más mejor, que suele conllevar la necesidad de certificación, de centrarse en productos con buena salida en los países ricos y llegar a la gran distribución. La segunda sería la de los que entienden este comercio "como una herramienta de transformación social", con un componente más político y combativo con las actuales estructuras y que, bajo el lema de la soberanía alimentaria, no importan productos del Sur que haya en el Norte e intentan reforzar los mercados del Sur para que no tengan que depender de la demanda de los países ricos.

Se puede decir que Intermón, una de las principales importadoras, está en la primera, y Sodepaz, mucho más modesta, en la segunda. Rafael Sanchís, de Intermón, apuesta porque sean las empresas privadas las que se acaben encargando de la distribución de estos artículos, asumiendo, claro está, sus principios. "En el futuro no será una cosa de ONG, sino de la empresa privada", dice Rafael Sanchís. Según los cálculos de Intermón, "si África, Asia oriental, Asia meridional y Latinoamérica aumentaran su cuota de exportaciones mundiales en un 1%, los beneficios generados supondrían cinco veces la cantidad que reciben en concepto de ayuda y sacarían de la pobreza a 128 millones de personas".

En España, aunque con crecimientos significativos (ha aumentado un 50% entre 2004 y 2007, hasta los 17,2 millones de euros, según el anuario de comercio justo de la ONG Setem), las cifras son aún modestas si se comparan con otros países como Reino Unido (880 millones), EE UU (757) o Francia (255). En el actual contexto de crisis económica, Rafael Sanchís, de Intermón Oxfam, se da con un canto en los dientes por mantener las ventas, pero admite que en España aún se desconoce qué es el comercio justo (un 28% de la población lo sabe, frente a un 90% en Reino Unido).

Sin embargo, el debate está muy presente. Nadie cuestiona los principios básicos: al precio razonable súmesele el respeto al medio ambiente, el apoyo preferente a comunidades marginadas, la mejora de las condiciones laborales y sociales, en definitiva, que el comercio internacional sea un poco más justo y que los que peor están vivan algo mejor. Pero el informe de Setem de 2008 divide a las importadoras españolas en dos categorías.

La primera, a la que responde la mayoría, es la que mira el comercio justo de una manera "conciliadora con el modelo económico en el que vivimos", los que quiere vender cuanto más mejor, que suele conllevar la necesidad de certificación, de centrarse en productos con buena salida en los países ricos y llegar a la gran distribución. La segunda sería la de los que entienden este comercio "como una herramienta de transformación social", con un componente más político y combativo con las actuales estructuras y que, bajo el lema de la soberanía alimentaria, no importan productos del Sur que haya en el Norte e intentan reforzar los mercados del Sur para que no tengan que depender de la demanda de los países ricos.

Se puede decir que Intermón, una de las principales importadoras, está en la primera, y Sodepaz, mucho más modesta, en la segunda. Rafael Sanchís, de Intermón, apuesta porque sean las empresas privadas las que se acaben encargando de la distribución de estos artículos, asumiendo, claro está, sus principios. "En el futuro no será una cosa de ONG, sino de la empresa privada", dice Rafael Sanchís. Según los cálculos de Intermón, "si África, Asia oriental, Asia meridional y Latinoamérica aumentaran su cuota de exportaciones mundiales en un 1%, los beneficios generados supondrían cinco veces la cantidad que reciben en concepto de ayuda y sacarían de la pobreza a 128 millones de personas".

Las cifras del mercado solidario
- Ventas. Se han multiplicado por tres en todo el mundo de 2004 a 2008, pasando de los 832 millones a los 2.900. En España ha aumentado un 50% en ese periodo y se facturan 17,2 millones de euros.

- Mejoras. Los datos de la organización del sello certificador FLO muestran que más de siete millones de personas han mejorado sus condiciones de vida.

- Conocimiento. En España sólo un 28% de la población conoce el comercio justo, frente al 90% de los británicos que saben de qué se trata.


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